Con la educación no se juega
En el mundo empresarial sabemos que para avanzar y mejorar se debe planear y trazar el rumbo. Lamentablemente, la política educativa en México parece haber adoptado la improvisación como norma. El episodio reciente del secretario de Educación Pública, Mario Delgado, es una muestra alarmante de prioridades invertidas: se intentó sacrificar el derecho constitucional a la educación por un evento deportivo.

Jorge Treviño
En el mundo empresarial sabemos que para avanzar y mejorar se debe planear y trazar el rumbo. Lamentablemente, la política educativa en México parece haber adoptado la improvisación como norma. El episodio reciente del secretario de Educación Pública, Mario Delgado, es una muestra alarmante de prioridades invertidas: se intentó sacrificar el derecho constitucional a la educación por un evento deportivo.
La propuesta de recortar el ciclo escolar 2025-2026 para que las clases no "interfirieran" con el Mundial de Futbol —revertida tras la presión social y empresarial— no es una anécdota menor. Es el síntoma de una gestión que prefiere evitar problemas logísticos antes que enfrentar el rezago educativo que arrastramos desde la pandemia. Mientras otros países compiten en semiconductores e inteligencia artificial, en México se discutió si un balón pesa más que un libro de texto.
Desde COPARMEX hemos insistido en que la educación es el motor de la competitividad. Un país que aspira al desarrollo no puede regalar días de clase por entretenimiento. La escuela no es una guardería ni un trámite que pueda interrumpirse arbitrariamente; es el espacio donde se forma el capital humano que liderará nuestras empresas. Si el clima es un problema, la solución es infraestructura escolar digna, no cerrar aulas. Si el Mundial genera caos vial, la solución es logística urbana eficiente, no privar a los niños de aprendizaje.
Resulta inaceptable que el gobierno haya intentado eludir su responsabilidad señalando al sector empresarial. No se puede culpar a las fuentes de empleo por un desajuste provocado desde el escritorio ministerial. El Estado debe garantizar un calendario sólido; pretender que el sector privado absorba las consecuencias de decisiones erráticas es absurdo.
Es necesario señalar que, si bien el actual gobierno ha realizado un esfuerzo económico en el otorgamiento de becas para fomentar la asistencia, la estrategia ha ignorado por completo la calidad de la enseñanza. De poco sirve asegurar la permanencia en las aulas si el aprendizaje es deficiente. El claro estancamiento en los resultados de la prueba PISA es el recordatorio más crudo de esta realidad: estamos fallando en dotar a los jóvenes de las herramientas básicas para competir en el mundo moderno.
Aunque la sensatez se impuso y se mantuvo el cierre del ciclo para julio, el daño a la certidumbre institucional está hecho. La educación requiere un sistema robusto y de calidad que prepare a los jóvenes para los desafíos globales.
La educación es nuestra mejor inversión. Como sector productivo, seguiremos vigilantes. El desarrollo de México se juega en las aulas, no en las canchas. Es momento de que las autoridades asuman su cargo con la seriedad que el país demanda.