Y si sí: del patriotismo de noventa minutos a la ciudadanía de tiempo completo
Es una dolorosa paradoja: nos ponemos muy “patrióticos” frente al televisor, pero nos volvemos peligrosamente apáticos ante las decisiones que impactan nuestro bolsillo, la seguridad de nuestras familias y el rumbo de la nación.

Jorge Treviño
Sale la Selección mexicana del Mundial y, como cada cuatro años, nos queda ese vacío post-torneo, pero también una gran lección sobre nosotros mismos. Vimos un México vibrante: millones de personas unidas bajo una misma camiseta, dispuestas a gritar, a desvelarse, a exigir excelencia en la cancha y a reclamar con pasión cada mala decisión del árbitro. En esos noventa minutos, todos fuimos un solo equipo. Nos dolió la derrota y nos ilusionó el triunfo.
Qué gran país seríamos si canalizáramos esa misma energía, esa firme exigencia y esa gran unidad a los temas que verdaderamente definen nuestro futuro económico, político y social.
Es una dolorosa paradoja: nos ponemos muy “patrióticos” frente al televisor, pero nos volvemos peligrosamente apáticos ante las decisiones que impactan nuestro bolsillo, la seguridad de nuestras familias y el rumbo de la nación.
- Exigimos un "árbitro justo" en la cancha, pero a menudo somos indiferentes cuando se debilita a los árbitros de nuestra democracia.
- Monitoreamos el VAR al milímetro, pero volteamos la cara ante la falta de transparencia y rendición de cuentas de quienes nos gobiernan.
- Pedimos que corran al director técnico por un mal planteamiento, pero toleramos la incompetencia o la opacidad en la administración pública sin exigir consecuencias.
La democracia no es un partido que se juega cada tres o seis años en las urnas; es un torneo diario. La transparencia no es una concesión del gobierno en turno; es una obligación constitucional y un derecho que los ciudadanos debemos auditar todos los días, sin descanso.
De espectadores a jugadores locales
No podemos seguir siendo una sociedad de espectadores que solo se emociona con el color verde de la camiseta. El verdadero patriotismo no se mide por cuántos goles celebramos, sino por cuánta exigencia ponemos en que las leyes se cumplan, en que los recursos públicos se utilicen con honestidad y en que nuestras instituciones se fortalezcan.
La apatía ciudadana es el fertilizante más eficaz para el autoritarismo y la corrupción. Cuando el ciudadano se calla y se retira, los malos gobernantes avanzan.
Desde la trinchera empresarial y ciudadana, el llamado es claro y urgente: necesitamos bajarnos de las gradas y entrar a la cancha.
Si somos capaces de organizarnos para armar la fiesta en el Mundial, somos más que capaces de organizarnos para vigilar a nuestros gobernantes, proponer soluciones y construir un México más justo, competitivo y transparente.
Un país no progresa por la calidad de su selección de fútbol, sino por el compromiso de su selección de ciudadanos. Menos apatía, más participación. Ese es el verdadero partido que nos urge ganar.