El poder y sus trampas
En las últimas décadas hemos visto pasar partidos que llegaron con promesas de cambio, esperanza y renovación moral; formados como oposición bajo ideales de honestidad y bien común, pero que al llegar al poder terminaron atrapados por las mismas inercias que tanto reprochaban.

Jorge Treviño
Ejercer el poder político es una de las tareas más complejas del ser humano. No sólo por las decisiones que implica, sino por las tentaciones que despierta. El poder tiene una fuerza transformadora innegable, pero su energía puede inclinarse más hacia la deformación que hacia la construcción si carece de contrapesos y límites claros. En lugar de ser una herramienta para servir, el poder puede convertirse en un fin en sí mismo: un tesoro que hay que preservar a toda costa.
Con frecuencia, quienes llegan al poder lo hacen movidos por ideales nobles: mejorar su país, combatir la injusticia, corregir lo que está mal. Pero el sistema político, con su lógica de alianzas, lealtades y compromisos, es una maquinaria que pone a prueba la integridad. Quien pretende mantener sus valores intactos pronto se convierte en una piedra en el zapato, un estorbo para los intereses de quienes viven del poder y no para el poder. Así, los revolucionarios de ayer —los que juraron cambiarlo todo— terminan actuando igual o peor que aquellos a quienes desplazaron, no necesariamente por maldad, sino porque las estructuras de poder sin vigilancia tienden a absorberlos.
México no ha sido la excepción. En las últimas décadas hemos visto pasar partidos que llegaron con promesas de cambio, esperanza y renovación moral; formados como oposición bajo ideales de honestidad y bien común, pero que al llegar al poder terminaron atrapados por las mismas inercias que tanto reprochaban.
Los políticos y sus partidos se han vuelto expertos en comunicar lo que la gente quiere escuchar, pero en la práctica cada vez más lejanos de lo que prometieron y más cercanos a lo que antes criticaban. Así, el poder, en lugar de transformar al país, ha terminado transformando a quienes lo ejercen.
Y mientras tanto, el pueblo —nosotros— también jugamos un papel en esta historia. Hemos permitido que se perpetúe este ciclo porque, demasiadas veces, elegimos el beneficio inmediato sobre el bien duradero. Cerramos los ojos ante la desarticulación de nuestro país, mientras lleguen los apoyos, mientras el presente duela un poco menos. Es comprensible, pero es peligroso: un pueblo que cambia su futuro por su presente termina perdiendo ambos.
Sin embargo, aún hay esperanza. La verdadera transformación no vendrá de un partido ni de un caudillo, sino de una ciudadanía que asuma su papel con conciencia y exigencia. Que entienda que el poder no se delega para olvidarse de él, sino para vigilarlo, cuestionarlo y exigirle cuentas. La integridad no puede ser un lujo ni una rareza en la política: debe ser la regla.
Porque sólo cuando el poder se ejerce con principios, y no con conveniencias, el servicio público se convierte verdaderamente en eso: en servicio.