Señales de una democracia en retroceso

Artículos de opinión
Por Por Jorge Treviño
05/05/2025

La libertad de expresión es uno de los pilares fundamentales de toda democracia. No es solo el derecho de los periodistas a informar, sino también el de los ciudadanos a estar informados, a disentir y a participar activamente en la vida pública. En México, este derecho ha sido conquistado a lo largo de décadas con enormes sacrificios, y hoy se ve amenazado por una serie de reformas que, lejos de fortalecer nuestras instituciones, las debilitan.

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La libertad de expresión es uno de los pilares fundamentales de toda democracia. No es solo el derecho de los periodistas a informar, sino también el de los ciudadanos a estar informados, a disentir y a participar activamente en la vida pública. En México, este derecho ha sido conquistado a lo largo de décadas con enormes sacrificios, y hoy se ve amenazado por una serie de reformas que, lejos de fortalecer nuestras instituciones, las debilitan.

La más reciente reforma a los medios propone cambios estructurales en la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión que, en los hechos, otorgan mayor poder al Ejecutivo para intervenir en los contenidos, las concesiones y las decisiones editoriales de medios públicos y privados. Esto abre la puerta a la censura previa, a la presión política y al debilitamiento del pluralismo informativo.

Pero esta amenaza no está sola. La reforma judicial que también se discute puede redefinir el equilibrio entre poderes, poniendo en riesgo la independencia del Poder Judicial. Esto no representa una mayor democratización, sino una subordinación peligrosa de la justicia al poder político.

Cuando los medios están condicionados y los jueces amenazados, la democracia pierde sus contrapesos. Lo que está en juego no es solo la libertad de expresión, sino el ecosistema institucional que permite que esa libertad tenga sentido: una prensa libre, un Poder Judicial independiente y una ciudadanía informada.

La combinación de estas reformas apunta a una concentración del poder que debe alertarnos. Las democracias no mueren de golpe, sino por desgaste, cuando se normaliza el control, se castiga la crítica y se desmantelan, poco a poco, los frenos y contrapesos. 

Además del riesgo institucional evidente, estas reformas impactan directamente en el clima de negocios, la inversión y la estabilidad social, ya que, en un entorno en el que la información está controlada o manipulada, desalienta la transparencia, inhibe el escrutinio público y crea incertidumbre para quienes apuestan por el país. La libertad de prensa no solo es un valor democrático, también es una garantía de que las reglas del juego se aplican con claridad y equidad, un elemento indispensable para el desarrollo económico y el respeto al Estado de derecho.

Por otra parte, no podemos ignorar el efecto que estos cambios tienen sobre la calidad del debate público. Sin una prensa libre y un Poder Judicial autónomo, las voces disidentes se reducen, el disenso se estigmatiza y el ciudadano se convierte en espectador pasivo de una narrativa única. Esto empobrece la deliberación democrática y debilita la capacidad de la sociedad para responder colectivamente a los desafíos nacionales.

Finalmente, no podemos permitir que el autoritarismo avance disfrazado de reformas populares, es fundamental que nuestra nación se distinga por su respeto a las libertades y los derechos fundamentales. Desde la sociedad civil, la academia, las empresas y los propios medios, debemos alzar la voz. Porque defender la libertad de expresión y la división de poderes no es defender un privilegio: es proteger el derecho de todos a vivir en libertad.